Colapso norteamericano

Written on 1 October 2008 – 22:07 pm | by Diego Dattoli |

Por ahora, los norteamericanos de los sectores trabajadores o de la clase media no deberían temer por el destino de sus ahorros. Todas las cuentas bancarias de hasta 100.000 dólares están garantizadas por el Estado. Ese monto podría incluso ascender a 250.000 dólares si el Congreso hace caso a Barack Obama y John McCain, que ayer reclamaron que la garantía fuera ampliada. Una cifra así cubriría a las pequeñas y medianas empresas. El seguro del Estado sobre los depósitos contribuye a evitar una corrida que puede hacer tambalear a los bancos comerciales, como sucedió en la Argentina en 2001. Hasta el momento, estas instituciones han sido menos afectadas por la crisis que los bancos de inversión.

Las jubilaciones
Los jubilados o aquellos cuyo retiro es inminente pueden transformarse en grandes víctimas de esta crisis. Una gran mayoría de los norteamericanos invierten parte de su sueldo en fondos de pensiones o simplemente compran acciones para poder usar los dividendos como sustento cuando se retiran. Hoy, con los constantes derrumbes de Wall Street, muchas de esas acciones valen una pequeña fracción de lo que valían hace un año y los dividendos han desaparecido. Así, decenas de miles de jubilados están al borde de perder su ingreso mensual, lo que obligaría al gobierno a ir a su rescate a través de la seguridad social. Los retirados suelen ser votantes disciplinados y su precariedad financiera actual podría ser decisiva el 4 de noviembre.

El crédito
Los hábitos económicos más básicos y rutinarios de los norteamericanos han estado, tradicionalmente, dominados por el crédito. Esa cultura se agudizó en los últimos años con una economía creciente, una alta liquidez y un crédito fácil y barato. En 2007, todo eso comenzó a tambalear con el llamado “credit crunch”. Y el crédito accesible pasó entonces de victimario a víctima fatal del derrumbe financiero. Tener límites altos en las tarjetas, conseguir un préstamo para adquirir un auto o para ir a la universidad o tomar una hipoteca para comprar una casa es cada vez más caro y complicado. Semejante cambio de hábito afectaría el consumo y el empleo, pilares de la economía real.

Las casas
Tal vez las caras más dolidas de la crisis sean aquellas de los casi cuatro millones de norteamericanos que perdieron o perderán sus casas este año y las de los dos millones a los que les pasó lo mismo en 2007, año en el que comenzó la tormenta financiera. Todos ellos tomaron hipotecas de tasas bajas por un plazo de varias décadas y compraron sus casas. Pero el boom inmobiliario comenzó a extinguirse y el precio de las residencias, a caer. Llegó el momento en el que lo que ellos debían (el crédito) era varias veces mayor que sus activos (la casa). Los bancos entonces embargaron sus hogares y los remataron. El plan de rescate de la Casa Blanca estipula asistencia sólo para una porción de ellos, por lo que la cifra de remates podría crecer aún más.

El combustible
La crisis tuvo un beneficio indirecto. Entre otras cosa, por el temor de una desaceleración económica global, el precio del petróleo cayó desde el pico récord de casi 150 dólares por barril, en julio, a un valor que hoy ronda los 100 dólares. Descendió entonces el costo del combustible, que tanto inquieta a los norteamericanos desde el inicio del año. El precio del galón bajó apenas unos centavos, pero el ahorro acumulado a fin de mes es significativo para los norteamericanos, tradicionalmente apegados al uso del auto. Ahora bien, el norteamericano medio podrían tener que gastar esos pocos dólares ahorrados en los impuestos con los que se solventará el millonario plan de rescate financiero.

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