El FMI: reformando al reformador

Casi una locura, como en los mejores tiempos. Aún medido por los estándares de lo que es habitual en las cumbres globales, el comunicado del G-20 fue bastante descarado. Alardeó acerca de una “expansión fiscal concertada” de US$ 5 billones para fines de 2010, así como de US$ 1,1 billón en “recursos adicionales” a través de instituciones como el FMI.
La cifra de US$ 5 billones parece ser un estimado de cuánto podrían deteriorarse las finanzas públicas para fines de 2010, que no es lo mismo que un impulso fiscal planificado. Y el US$ 1,1 billón es más resbaladizo. No es solo que US$ 1,1 billón de financiación para entes internacionales no es lo mismo que US$ 1,1 billón de gasto extra. Además, la suma misma está inflada. En cuanto a la suma de US$ 250.000 millones de “apoyo a la financiación del comercio”, no está claro de donde provendría.
La tan anunciada triplicación de los recursos del Fondo Monetario, de US$ 250.000 millones a US$ 750.000 millones, por ahora es más una aspiración que un hecho. Hasta ahora, sólo se ha comprometido casi la mitad del dinero extra, y gran parte de ello mucho antes de la cumbre de Londres. La principal fuente de fondos nuevos surgida de la reunión del G-20 fue una promesa de crear US$ 250.000 millones de Derechos Especiales de Giro (DEG), la cuasimoneda del FMI. Eso aumentará la liquidez global, al apuntalar las reservas de los países. Pero dado que la mayor parte de esos DEG se quedarán en los tesoros de las economías más grandes, apuntalarán menos la demanda de lo que se espera.
De todos modos, el grueso de las cifras sugiere que las economías emergentes y ricas líderes están seriamente decididas a reforzar al FMI. Eso es un gran cambio respecto del pasado reciente, cuando el Fondo parecía estar desvaneciéndose en la irrelevancia.
Ahora, con más dinero, el Fondo podrá amortiguar el colapso de la demanda global, para permitir a los países de los que huye el capital privado reducir el gasto menos de lo que hubiera sido el caso sin el apoyo del organismo. Es igualmente importante el hecho de que esta política puede hacer más difícil que se produzcan futuras crisis, al ofrecer una alternativa viable a la acumulación de divisas externas. Si los países están convencidos de que tendrá acceso fácil a dinero del FMI cuando aparezcan problemas, pueden optar por la protección colectiva antes que auto asegurarse. Para alentar esto, el Fondo está tratando de reinventarse como una fuente amigable de ayuda.
DOBLE FUNCIÓN. Pero el FMI debe encontrar la manera de ser, al mismo tiempo, ente asegurador y policía. Para ello, necesita más reformas. Una prioridad es dar a las economías emergentes más peso dentro de la institución. El G-20 prometió aumentar sus “cuotas” o participación en el Fondo; una solución más rápida sería reducir las mayorías necesarias para adoptar grandes decisiones y eliminar lo que de hecho es un veto de los Estados Unidos. El Fondo también tiene que distinguir más claramente entre sus dos roles. Una idea es hacer que sus facilidades contingentes de efectivo se vean más como un seguro, requieran primas relacionadas con el riesgo por adelantado y fijen normas claras para la entrega de dinero, teniendo al mismo tiempo más discreción respecto de las condiciones para préstamos tradicionales. Las economías ricas que se resienten a financiar al FMI deberían aportar más, dado que su endeudamiento, muy acrecido, algún día podría causar pánico entre los inversores.
El FMI nunca será un banco central mundial. Pero con más dinero, mejor conducción y normas más claras, podría ofrecer un seguro colectivo para los prudentes y asistencia condicional para los manirrotos. La reunión del G-20 prometió el dinero. Ahora es tiempo de todo el resto.
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