Islandia, un infierno ecoómico

“La economía de Islandia se derrite más rápido que sus glaciares”, tituló un diario europeo, luego de que el gobierno de esta pequeña isla ubicada en el Atlántico Norte asumió el control de sus tres principales bancos, renunció a un tipo de cambio fijo entre su devaluada corona y el euro, y salió a buscar ayuda en todos los frentes, desde Rusia hasta el FMI.
“Existe la posibilidad de que toda la economía nacional sea arrastrada a las profundidades de la crisis bancaria global y la nación se declare en bancarrota”, declaró recientemente, en una suerte de predicción apocalíptica que agudizó aún más los temores de los 300.000 habitantes del país, el primer ministro islandés, Geir Haarde.
Hasta el estallido de la crisis financiera que hoy sacude al mundo, Islandia era considerada un modelo para seguir y un ejemplo de la moderna prosperidad de los últimos años.
Impulsada por la expansión de su industria bancaria, que creció ocho veces por encima del PBI del país gracias a la llegada de capitales externos (atraídos por altos tipos de interés) y una política de compras de empresas sostenida con alto endeudamiento, la economía de Islandia creció en el último lustro a un promedio del 5% anual.
Ese crecimiento económico consolidó aún más el bienestar de los islandeses, cuyos índices de calidad de vida son destacados por organismos y fundaciones internacionales año tras año.
En 2008, sin ir más lejos, Islandia fue elegida por la ONU como el mejor lugar del mundo para vivir. También lideró el último European Happy Planet Index, que evaluó la felicidad en los países europeos sobre la base de su expectativa de vida (que en Islandia es de 81,5 años, la segunda entre las más altas del mundo), la eficiencia en el cuidado del medio ambiente y la satisfacción de los habitantes por su calidad de vida.
Y, como si esto fuese poco, este pequeño país, cuyo ingreso per cápita es de casi US$ 51.000 anuales, también fue distinguido en mayo pasado por la revista The Economist como el país más pacífico del mundo. En el último año sólo se reportaron dos homicidios y la nación carece de ejército.
Islandia, que vive durante meses sumergida en eternas noches polares, tiene, además, un índice de alfabetización del 99,9% y es líder mundial en cuanto al uso de energía limpia y renovable.
Pero los islandeses construyeron un paraíso sobre la base del crédito. Y ahora que el crédito se ha terminado y el banco central es incapaz de suplir la falta de liquidez, la isla, si bien aún está lejos de perder sus estándares de desarrollo, comenzó a experimentar ciertas alteraciones.
La semana pasada, por ejemplo, se realizaron dos manifestaciones espontáneas (un hecho rarísimo en Islandia) contra el banco central, y, según los comerciantes, el gasto en consumo se ha parado repentinamente. “Hace pocos meses me costaba 64 coronas comprar un dólar. Ahora, el cambio es de 127 coronas por un dólar. El mercado bursátil ha colapsado y me parece que he perdido una gran parte de los ahorros de toda mi vida”, escribió un islandés en su blog.
En tanto, el único distribuidor de Rolex en el país, Frank Michelsen, reveló que ha registrado “un alza significativa” de sus ventas, ya que, según dijo, los islandeses han decidido convertir los relojes de lujo en valores refugio. “Los clientes quieren algo que puedan tener en la mano”, explicó Michelsen.
Así, con este sombrío escenario de fondo, aquel verso de Jorge Luis Borges ?un gran admirador del país? en el que decía “qué no daría por la dicha de estar a tu lado en Islandia”, ha dejado, por ahora, de parecer tan atractivo.
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